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Encontrar la sanación dentro del feminismo intergeneracional

Fungai Machirori

«Luces cansada», digo en voz alta y muy instintivamente.

«Lo estoy», responde la niña.

Las cuatro personas adultas a nuestro alrededor no se inmutan y siguen con su animada conversación. La niña — de unos once años de edad — va arrinconada en la esquina al fondo del ascensor y lleva una bolsa plástica en cada mano.

Al llegar a la planta baja, empiezo a caminar hacia las puertas de salida del edificio. Y entonces escucho tras de mí la voz de esa misma niña.

«Gracias por preguntarme cómo estoy», dice.

Las mismas personas adultas están de pie junto a las puertas del ascensor y siguen inmersas en su debate, marcando el ritmo de la charla con sus gestos y su risa.

Le digo a la niña que es una buena idea que procure comunicarse con otras personas.

Luego le pregunto por qué está tan cansada. Me explica que tiene astillas en las palmas de sus manos debido a la sombrilla que ha cargado la tarde entera, y que aun así las personas adultas la hacen cargar todas las bolsas.

«Lamento escuchar eso», le respondo. «Pero espero que pronto puedas llegar a casa y descansar».

Es todo lo que puedo pensar en decirle para animarla sin dejar de ser realista, ya que a las personas adultas con quienes está no parece incomodarles el malestar que ella siente.

La niña vuelve a darme las gracias y me desea buena suerte cuando finalmente reinicio mi camino.

Mientras me alejo soy consciente de lo mucho que para ella habrá significado ese reconocimiento. No me había percatado de ello cuando le comenté que lucía cansada, pero se me hace cada vez más obvio que posiblemente nadie más haya reconocido su presencia, mucho menos mostrado empatía hacia ella durante todo el día.

Sabemos que es importante que nuestrxs pares nos escuchen y reconozcan. Pero definitivamente hay algo que nos afirma cuando somos vistxs y escuchadxs por las personas que consideramos que están fuera de nuestro ‘alcance’ habitual; esas a quienes admiramos o de quienes creemos que nunca tendrían tiempo para hablarnos. Y la gente mayor que nosotrxs — especialmente cuando no parecen obtener nada por prestarnos atención — tiende a encajar bien en esta descripción.

Con frecuencia conversamos sobre la necesidad de que nuestro feminismo sea no solo interseccional sino también intergeneracional. Hablamos del poder de organizarnos y construir movimientos entre generaciones, así como del gran potencial para la transferencia de conocimientos y experiencia que guardan el diálogo y la documentación intergeneracional de nuestros movimientos. Pero también con esa misma frecuencia hablamos sobre la exclusión y la supresión. Feministas más jóvenes dicen sentir que sus predecesoras — feministas mayores — no están dispuestas a darles espacio y a reconocer su presencia dentro de los movimientos; a su vez, feministas mayores expresan su sensación de que sus esfuerzos no son lo suficientemente apreciados y sus contribuciones históricas están siendo dejadas al margen por las más jóvenes.

Todo esto es real. Y necesitamos conversar de manera más abierta y honesta en torno a estas cuestiones, pues tienen muchas raíces, entre ellas nuestra socialización y lo que pensamos respecto a las relaciones entre mujeres, que siguen estando configuradas e interceptadas por el patriarcado.

Pero al mismo tiempo necesitamos reconocer que existe un feminismo intergeneracional que es edificante y generoso; un feminismo intergeneracional que tiene que ver con el reconocimiento, el respeto, el aprecio y el crecimiento mutuos.

En estos últimos tiempos, buena parte de mi sanación ha ocurrido gracias a esa clase de feminismo; un feminismo de comunidad con mujeres suficientemente mayores como para ser mis madres, pero a quienes considero hermanas mayores. Mujeres que insisten en que las llame por su nombre de pila (no Profesora, señora o incluso 'tía'); mujeres que me convocan como amiga a sus espacios influyentes y hacen que me ponga de pie apoyada en su solidez, permitiéndome ver más allá de mi dolor y mi angustia hacia los muchos mañanas que ellas mismas han vivido.

Algunas son mujeres sobre las cuales he leído e investigado, mujeres por quienes siento una enorme admiración, mujeres que han hecho avanzar los derechos y las realidades de las mujeres de tal manera que nunca podremos agradecérselo lo suficiente. Desde cualquier punto de vista, son mujeres realizadas. Y sin embargo, en su esencia, tienen una humildad que dice «Yo te veo. Permíteme cuidarte».

Ese cuidado no es condescendiente ni brusco, sino que está fundado en el compartir de cicatrices y risas, de danza y comida; es autocuidado. Es la confianza en que, si bien nuestros movimientos siempre han estado plagados de peligro y vulnerabilidad — y siempre lo estarán — se están moviendo y, en el proceso, también nos conmueven. Es la afirmación de que las cosas que nos interesan son importantes, siempre lo han sido y continuarán siéndolo porque pronto llegará una nueva generación y emprenderá la misma lucha.

Con suma frecuencia olvidamos que otras han pasado por los mismos traumas que nosotras vivimos. Y que a veces la mayor sanación viene de hablar de esos traumas con quienes pueden poner el tiempo y un espejo frente a nuestros ojos, recordándonos a nosotras – y recordándose a sí mismas — que hicimos lo mejor que pudimos con lo que teníamos.

Que nos ven.

Que importamos.

Que nuestro dolor — colectivo y enorme — nunca ha sido en vano.

Y que nunca lo será.

«Y no hay nuevos dolores. Ya los hemos sentido todos. Los hemos escondido en el mismo lugar donde tenemos oculto nuestro poder».

Audre Lorde (La hermana, la extranjera, 1984)

Category
Análisis
Region
Global
Source
Foro de AWID