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Cuando la alegría se convierte en arma: les refugiades trans y la guerra contra el odio fabricado

En algún lugar, bajo el zumbido de luces fluorescentes, una mujer trans está preparando su maleta con productos de primera necesidad. Desliza su pasaporte entre las muchas capas de parafernalia personal. Antes de trasponer la puerta, se detiene para volver a mirar la habitación que quizás nunca más verá, preguntándose si alguna vez se sentirá nuevamente así en su hogar.

Mientras tanto, en las cámaras parlamentarias, los estudios de noticias de televisión y el incesante batir de las redes sociales, se está contando otra historia. Les polítiques hablan de la migración como amenaza. Les comentaristas repiten los mismos argumentos sobre biología esencialista, tradiciones coloniales y ciudadanía nacional. Las políticas antigénero se han convertido en una característica definitoria de la vida pública, formulando nuevas leyes discriminatorias e influyendo sobre la percepción de enteras poblaciones respecto del género y la sexualidad según la ideología capitalista heteropatriarcal.

Una vez más, las personas trans son convertidas en símbolos, debatidas en parlamentos, diseccionadas en los periódicos y empujadas al centro de los conflictos culturales, en todo el mundo. Y esto a pesar de que lo trans preexiste a todas las leyes escritas sobre nosotres, a todos los pánicos construidos respecto de nosotres. Mucho antes de que les polítiques comenzaran a instrumentarnos simbólicamente, mucho antes de que les comentaristas de los medios distorsionaran nuestras vidas para sus debates televisados, nosotres estábamos aquí: amando, sobreviviendo y deviniendo. La reacción puede ser estruendosa, pero nunca es permanente. Lo que queda, una y otra vez, es la silenciosa persistencia de personas que se niegan a desaparecer. Nos empujan hacia los bordes, y solo logran que construyamos allí nuevos mundos. Como ríos que encuentran su cauce de vuelta al mar, volvemos a nosotres mismes.

Las narrativas antitrans no aparecen en un vacío. Viajan a través de las fronteras y las plataformas, y son repetidas y reforzadas por grupos fascistas antitrans.  Este tipo de retórica se produce y difunde a través de redes políticas, ecosistemas de medios y movimientos organizados antiderechos y propagandísticos, que han aprendido a convertir el miedo en estrategia. Si bien el lenguaje puede diferir entre un lugar y otro, la intención es la misma: restringir quiénes son las personas consideradas legítimas y creíbles a los ojos de las autoridades encargadas de garantizar el cumplimiento de las leyes, e imponer los parámetros de expresión de género, corporización y pertenencia.

Muchas personas trans que viven bajo regímenes fascistas, en contextos donde lo trans es estigmatizado, se ven forzadas a vivir en ambientes hostiles y peligrosos. Para las comunidades trans, el aumento de la criminalización, la vigilancia, el rechazo, el desempleo y la violencia no son posibilidades lejanas sino realidades cotidianas. 

Elegir ser visible como persona trans puede ser una sentencia de muerte, en todas las facetas sociales: en el hogar, en línea, y en las calles. Cuando las cosas se ponen difíciles, cuando tu vida está en grave riesgo, no tienes otra posibilidad más que huir, dejando atrás los idiomas que modelaron tu infancia, las calles que portaban recuerdos irreemplazables, y familias que quizás nunca logren comprender las razones de tu partida. Huir para poder vivir una vida sin miedo.    

Para las personas trans que eligen buscar asilo en Europa, el viaje se torna peor, en lugar de terminar en un asentarse con seguridad y dignidad. Los sistemas de asilo son burocráticos y violentos, ya que demandan pruebas documentales de identidad que traicionan la realidad de las personas trans, y son administrados por una estructura colonial que convierten a las personas trans y refugiadas en chivos expiatorios. Las entrevistas de inmigración son, en realidad, solo juicios de credibilidad. Los cuerpos son sometidos al escrutinio institucional. La espera de la aprobación para ser «ciudadane legal» se convierte en un modo de vida.

Según la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea,el 54 % de las personas LGBTI refugiadas y que buscan asiloen todos los países de la Unión Europea informa que experimenta discriminación con regularidad. Las mujeres trans se encuentran entre los grupos más afectados: el 64 % informa discriminación durante el año anterior, y el 77 % informa, para el mismo período, haber sufrido acoso motivado por hostilidad pública y crímenes de odio. Detrás de cada porcentaje hay una persona real, que acarrea el peso de tener que negociar constantemente su seguridad, su dignidad y su pertenencia frente a sistemas que raras veces ofrecen estas tres cosas.

Cuando reflexiono sobre esto, pienso en Amira. Nos conocimos en Berlín, una ciudad que es a la vez refugio y fractura. Al principio hablaba suavemente, como sopesando cada palabra antes de pronunciarla. «Yo no me escapé», dijo. «Me acerqué a mí misma.» Amira creció en Malasia, en un ambiente conservador donde las expresiones de género diverso son criminalizadas y solo practicadas en secreto. Mucho antes de tener un lenguaje para saber quién era, entendió el costo de ser vista como la persona que quería ser. Con el tiempo, sin embargo, fue imposible mantener el ocultamiento. Lo que siguió fue un largo e incierto camino, cruzando frontera tras frontera, desplazándose a través de tierras donde la seguridad nunca estaba del todo garantizada.

«Cuando llegué a Europa, pensé que finalmente estaría segura. Pensé que la parte más difícil estaba superada», rumió Amira. Por el contrario, entró en sistemas que no lograban reconocerla más allá de las categorías bioesencialistas del papeleo gubernamental. «Veían un caso, antes de ver una mujer.» A pesar de ello, se presentaba con una firmeza que rechazaba los modelos reduccionistas de proscripciones y prescripciones identitarias. Más tarde, mientras caminábamos por Berlín, se rió de pronto, nítidamente, como recordándonos a ambas que la supervivencia no es solo resistencia, sino también breves retornos de luz.

La historia de Laila, por el contrario, se desarrolla de manera diferente, pero con el mismo peso doliente de pérdida y lucha. Dejó Egipto después de elegir hacerse visible en redes queer clandestinas, donde los espacios en línea ofrecían formas frágiles pero auténticas de conexión y cuidado. Hasta que esta misma visibilidad puso en riesgo la vida de Laila, y estos peligros inmediatos finalmente la alcanzaron.

Lo que sigue es algo que Laila pocas veces describe en detalle. La detención arbitraria, la violencia estatal y la humillación todavía están demasiado cerca del lenguaje. «Era un infierno», dijo. «Pero yo seguía imaginando otra vida.» Esa misma posibilidad, la imaginación de una vida más segura, fue lo que llevó a Laila a Berlín. La realidad que encontró allí ha sido más lenta, más pesada, y ha estado obstaculizada por el papeleo administrativo. 

El caso de asilo de Laila sigue sin resolverse aún hoy: está suspendida en una burocracia que estira el tiempo sin quebrarlo. Y no obstante, ella persiste. Tiene un don para diseñar vestidos. Participa en protestas masivas. Se desplaza por la ciudad con una silenciosa insistencia en la presencia. «Me castigaron por usar vestido. Ahora me pongo vestido cada vez que puedo», aseveró con total confianza. 

De estas historias surge con abundante claridad que las vidas trans son repetidamente ubicadas en el centro de las disputas políticas, como si la existencia de las personas trans fuera lo que desestabiliza al mundo, y no los sistemas inherentemente opresivos que se rehúsan a darles espacio. Los borramientos y las medidas punitivas estatales que enfrentan las personas trans no son cuestiones aisladas. Se ubican junto a las estructuras más amplias que gobiernan las vidas de les migrantes, las comunidades racializadas y las mujeres, y de cualquier persona que no encaje en las rígidas jerarquías de poder.

La discriminación no llega de una única forma: se acumula y se superpone a la vida cotidiana, hasta que resulta difícil separar una lucha de otra.  Es por esto que el feminismo no puede permitirse trazar líneas alrededor de quién importa. Un feminismo que excluye a las mujeres trans no fortalece la liberación colectiva, sino que efectivamente estrecha su propia definición para servir a las mismas estructuras de poder patriarcales. La vigilancia del género se expande constantemente, encuentra nuevos objetivos y agudiza la lógica colonial del control. Las mujeres trans no son ajenas a la lucha feminista. Siempre han sido parte de ella, organizándose, resistiendo, construyendo redes de cuidado e insistiendo en la dignidad en aquellos lugares donde se la deniega.

A medida que se acercaba el Día Mundial de las Personas refugiadas, volvía a algo que aprendí a través de mi propia experiencia vivida. El hogar no es un lugar fijo, ni un país. Es algo que se lleva consigo, en el cuerpo, en la memoria, en la negativa obstinada a desaparecer. El hogar es una práctica de devenir, moldeada por aquello que se ha perdido y aquello que aún permanece.

Para las refugiadas trans, el hogar a menudo es algo que se arma lentamente, a partir de fragmentos, de la supervivencia, de la decisión de seguir adelante. Construimos un hogar a pesar de todo lo que trata de negarnos. Cuando pienso en Amira y Laila, pienso en continuidades de vidas que rechazaron el borramiento, y en personas que cruzaron fronteras no solo entre naciones, sino entre el miedo y el devenir. En un mundo cada vez más determinado por la exclusión, su existencia insiste en cambio en un mundo donde la dignidad no es condicional y la libertad no está racionada. Un mundo donde nadie es forzade a elegir entre autenticidad y supervivencia. Ese mundo todavía no existe. Pero ya está siendo cultivado a través de la resistencia y el esplendor de las personas trans, y a través de la sabiduría de nuestres ancestres, que nos entregaron una guía no solo para desmantelar los sistemas de opresión, sino también para reconstruir en su lugar algo profundamente hermoso, configurado por la inclusión y arraigado en nuestro amor y cuidado colectivos y en nuestra mutua compasión.

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