AWID es un organización feminista internacional de membresía, que brinda apoyo a los movimientos que trabajan para lograr la justicia de género y los derechos de las mujeres en todo el mundo.

Afíliate hoy mismo

© Adolfo Lujan | Flickr (CC BY-NC-ND 2.0) - modified

Nuestro barrio, nuestras redes, nuestra fuerza

Marta Plaza Fernández (@gacela1980_reloaded), Madrid, España

Tejer redes en las que nos sostenemos unas a otras: esa potencia es la realidad feminista que quiero compartirles.

Redes que cristalizan de distintas maneras, que surgen de nuestra vulnerabilidad compartida, y que nos hacen a todas más fuertes.

Las calles de Chamberí, mi barrio en Madrid, se volvieron más hogar que nunca tras las asambleas en las plazas que nos trajo el movimiento ciudadano originado el 15 de mayo de 2011 en una manifestación. Pienso cómo en estos años nos hemos conocido, y hemos podido asociar caras, voz y sonrisas con tantos vecinos y vecinas que eran solo figuras sin nombre y sin historia, con quienes nos cruzábamos sin vernos, sin escucharnos. Pienso cómo nos hemos implicado y comprometido; cómo hemos tejido una comunidad palpable, tangible; cómo hemos ido avanzando de la mano en la construcción del mundo nuevo más habitable que queremos y que nos urge crear.

Un grupo de vecinas activistas y utópicas, en el mejor de los sentidos que puede tener la palabra utopía, el que nos mueve a la acción para hacerla real, ese grupo fue, prácticamente, el primero que reaccionó diferente cuando compartí con ellxs parte de mi historia y de mi Identidad. Con ellas compartí mi diagnóstico psiquiátrico, mis múltiples ingresos en el hospital, la cantidad de pastillas diarias que me acompañaban, mi certificado de discapacidad, mi dificultad para mantener a salvo el vínculo vital que periódicamente se me deshace en las manos.

Estas vecinas, amigas, compañeras, vínculos, amores,  no solo no se alejaron de mí tras conocer a quien otras personas etiquetaron como problemática, manipuladora, egoísta, sino que se convirtieron en mi principal red de afectos y de apoyo mutuo. Decidieron navegar conmigo también cuando el mar se agitara por las tormentas. Estas personas han dado un sentido distinto a mis días.

Nuestra realidad feminista en construcción también pasa por llevar el “yo te creo, hermana” que utilizamos cuando una compañera ha sufrido una agresión machista, a las violencias que las mujeres psiquiatrizadas hemos vivido a manos del propio sistema psiquiátrico y sanitario que debía ayudarnos (y en vez de ello, a menudo, es un nuevo verdugo que nos vuelve a traumatizar y a dañar). Y pasa necesariamente por el respeto a nuestras decisiones; por no robarnos la agencia y la capacidad de dirigir nuestros pasos a uno u otro lugar; por escuchar nuestras narrativas, deseos, necesidades… sin pretender imponernos otras que nos sean ajenas. Pasa por no deslegitimar nuestro discurso, aludiendo a nuestra etiqueta diagnóstica, a nuestra locura.

Con estas transformaciones, cada ingreso en Psiquiatría no hizo desaparecer los vínculos que hubiera podido construir, sino que esta red permanecía a mi lado, sus integrantes se turnaban para que cada día no faltasen las llamadas, las visitas, para que les sintiera todo lo cerca que puedes sentir a alguien cuando te separan las puertas cerradas con llave (y lamentablemente, abiertas al maltrato) de una unidad de encierro psiquiátrico. A través del calor y del cariño de mi gente podía reconstruir el vínculo vital que se me había vuelto a quebrar.

El salto aún mayor fue cuando, ya consciente de las numerosas violencias y maltratos del sistema psiquiátrico (donde, entre otras agresiones, pasé días atada a una cama con correas, haciéndome mis necesidades encima), decidí no volver a ingresar.

Esta red de afectos, estas vecinas-amigas-amores-compañeras, respetan mi veto al ingreso hospitalario, y sostienen conmigo cada crisis que tengo desde entonces.

Sin internaciones, sin violencias. Hacen turnos de acompañamiento cuando mi vínculo vital está tan roto que siento un riesgo grande que no puedo sostener sola. Organizan acompañamientos en grupos de WhatsApp. Reparten cuidados y responsabilidades para que nadie se sienta sobrepasada y a causa de una sobrecarga individual, las decisiones se tomen desde el miedo y la necesidad de control en vez de primar el acompañamiento y los cuidados.

La primera crisis que pudimos sostener juntas de esta manera, sin ingreso psiquiátrico, supuso un cambio brutal en mi vida. Fueron meses de riesgo vital, de sufrimiento intenso y de muchos miedos para mi gente y para mí. Pero remontamos juntas, y solo me sale pensar que, si pudimos salir de aquella, podremos encontrar también la forma de salir adelante en todas las dificultades y crisis que puedan llegar.

Estas realidades feministas que construimos día a día siguen ampliándose, creciendo y tomando distintas formas. Aprendemos juntas, crecemos juntas. Al alejarnos del asistencialismo, uno de los primeros aprendizajes fue que, en realidad, no había una persona que recibiera cuidados (porque tenía la etiqueta psiquiátrica) y otras que, al otro lado de la línea de la cordura/locura, ayudasen. Aprendimos -aprendemos- a movernos en otra clave: la del apoyo mutuo, la de cuidar y ser cuidada, la de cuidarnos juntas. 

Exploramos también los límites del autocuidado y la fortaleza de los cuidados colectivizados y redistribuidos para que no sean carga que nos doble la espalda; aprendimos -seguimos aprendiendo hoy- sobre el goce y disfrute de los cuidados elegidos.

Uno de los aprendizajes recientes  se relaciona con cuánto nos costó empezar a integrar el dinero como otro factor más del apoyo mutuo que ejercemos y recibimos todas. Nos costó  darnos cuenta de cómo el capitalismo interiorizado nos seguía vertebrando en nuestra relación con el dinero, y que, si bien nadie esperaba que se “debieran” los tuppers de lentejas que nos cocinábamos entre compañeras en momentos en los que comer o cocinar fuera una tarea difícil, las expectativas en relación con el dinero eran distintas. Frases como “tanto tienes, tanto vales” se nos cuelan dentro sin analizarlas críticamente. Es fácil seguir pensando que el dinero que cada una maneja tenga que ver con el esfuerzo realizado para ganarlo, y no con otros condicionantes sociales alejados del mérito personal. Incluso en esta red de apoyo mutuo sólidamente establecida, redistribuir el dinero en el grupo en función de necesidades -y sin cuestionarlas- seguía siendo una realidad lejana a nuestra cotidianeidad. Por eso, es algo que también hemos empezado a trabajar y a pensar grupalmente en los últimos tiempos. 

Queremos acercarnos más a ese mundo anticapitalista en el que el apoyo mutuo es la manera en que elegimos estar en el mundo, y eso pasa por deconstruir también nuestra relación personal y colectiva con el dinero y con el capitalismo interiorizado.

En estas realidades feministas sabemos también que el aprendizaje no termina, que el camino se sigue labrando según lo recorremos. Sigue habiendo mucho por hacer para seguir cuidándonos, para seguir ampliando miradas y para hacernos conscientes de los desequilibrios de poder que persisten, de los privilegios que sí ostentamos y seguimos ejerciendo, sin darnos cuenta de las violencias que reproducen. 

Con mucho camino recorrido, tenemos aún mucho por delante que revisar para seguir acercándonos al mundo nuevo que llevamos en nuestros corazones (y algunas también en nuestras cabecitas locas). Racismo, clasismo, adultocentrismo, locofobia, gordofobia, machismos que persisten en nuestros compañeros.

Entre los aprendizajes pendientes, necesitamos, desde luego, construir nuestro futuro habitable desde un feminismo verdaderamente interseccional en el que todas tengamos espacio, en el que las realidades y opresiones de otras compañeras sean tan importantes como las propias. Necesitamos también avanzar en la horizontalidad cuando construimos en colectivo, deshacernos de los egos, de los protagonismos, para convivir de otra manera con la necesidad de reconocimiento. Y también seguir dando pasos desde la conciencia de que lo personal siempre, siempre es político.

Cómo nos relacionamos o vinculamos entre nosotres no puede quedar relegado a lo privado, ni quedar silenciado: otros amores son posibles, otros vínculos y familias son necesarias, y también las estamos inventando.

El mundo nuevo que queremos crear, en el que necesitamos creer, es ese mundo amable -que podremos amar, del que podremos sentirnos orgullosas- en el que cabrán todos los mundos. Seguimos en ello.

 


«Healing Together» [Sanar juntxs]

Upasana Agarwal (@upasana_a), Kolkata, India

Pensar a activistas y feministas como sanadorxs y seres nutrientes del mundo, en medio de la lucha contra la creciente presencia de la derecha reaccionaria, la supremacía blanca y el cambio climático. Este artículo señala cómo nuestra realidad feminista pone en acción la ternura, la solidaridad y la empatía al señalar y desafiar el statu quo para liberarnos a todxs. 

“Healing Together” by Upasana Agarwal
Upasana Agarwal (@upasana_a)
FR Mag - “Healing Together” by Upasana Agarwal 1
Upasana Agarwal (@upasana_a)

«Are You Really Strong?» [¿Eres fuerte de verdad?]

GonzoDen (@GonzoDen), Bishkek, Kirguistán
FR Mag - GonzoDen - 1
GonzoDen (@GonzoDen)
FR Mag - GonzoDen - 2
GonzoDen (@GonzoDen)
FR Mag - GonzoDen - 3
GonzoDen (@GonzoDen)

 


< Esmeralda se apodera de Internet

"Ashawo Work na Work": Cómo lxs jóvenes feministas de Ghana están haciendo realidad los futuros feministas >

Comparte