AWID es un organización feminista internacional de membresía, que brinda apoyo a los movimientos que trabajan para lograr la justicia de género y los derechos de las mujeres en todo el mundo.

Afíliate hoy mismo

© Adolfo Lujan | Flickr (CC BY-NC-ND 2.0) - modified

Juntas contra la violencia

Karina Ocampo, Buenos Aires/ México (@kariu2

A un rincón escondido de Chiapas, México, llegamos mujeres y disidencias sexuales para organizar nuestras acciones.

Es diciembre y acaba de pasar la fiesta navideña, pero las que viajamos por tierras chiapanecas tenemos otra celebración en mente. 

Mujeres y disidencias, de todos los credos y colores nos dirigimos al semillero Huellas del caminar de la comandanta Ramona, dentro del caracol Tzotz Choj de Morelia, en el Municipio de Altamirano. Allí se realizará el segundo Encuentro Internacional de Mujeres que Luchan, organizado por las compañeras que integran el Ejército Zapatista Nacional de Liberación (EZLN).

Los caracoles son espacios autónomos cerrados, los y las zapatistas los han ganado a fuerza de cercar sus territorios y defenderlos con sus vidas. Dentro de ellos las comunidades se sienten más seguras. Allí mantienen sus asambleas y sus juntas de Buen Gobierno, y no reconocen al paradigma occidental capitalista, al modelo de representación que califican como Mal Gobierno. 

Las mujeres locales utilizan pasamontañas o pañuelos llamados paliacates, que les cubren el rostro, en parte porque las protege, pero también porque las iguala. Las que nos reciben frenan a cada vehículo, y los hombres ya no podrán continuar. Después de terminar de registrarnos, lo hacemos en fila, bajo un sol intenso de montaña, nos llevan en sus vehículos hasta el sitio en el que pasaremos tres jornadas.

Nos distribuimos en el predio y nos ubicamos en tiendas de campaña o dentro de habitaciones enormes, sobre tablones de madera. “Ni drogas ni alcohol”, las sustancias están prohibidas en todos los caracoles, así que la primera noche danzamos solo motivadas por las emociones y las cumbias alegres que nos dejan agotadas y felices en esta nueva Hermandad.

“Somos las hijas de las brujas que no pudieron quemar” reza una bandera apoyada sobre la ventana de una gran plataforma a la que llaman templete. La mirada de Marielle Franco, la activista brasileña asesinada, nos interpela desde otro cartel y parece decir: “¿cómo seguimos ahora?”.

Hay un clima festivo en los rostros y en la ropa de colores que las mujeres combinamos sin ningún pudor. Los cánticos feministas se suceden. “Ni una menos, vivas nos queremos”, gritamos, los puños en alto.

Somos mujeres y somos brujas, rebeldes y diversas, vinimos convocadas por esta necesidad animal de unirnos y protegernos, para reflexionar pero también para bailar, para hablar con libertad, sin miedo. 

Somos mujeres que luchan, cerca de 4000 provenientes de 49 países, tan diferentes como Austria, Turquía o Nueva Zelanda.

En la apertura, las milicianas zapatistas crearon una coreografía con un tema tradicional del grupo Los ángeles azules. En el centro del enorme predio, rodeado por construcciones de cemento y madera, decenas de ellas marchan en fila, vestidas de uniforme verde y marrón, apuntan al cielo, simulan un disparo de flechas y luego forman un caracol humano, símbolo de lo sagrado, del agua y de la vida, de su estrategia dialéctica de resistencia. El efecto causa sorpresa y aplausos. 

Luego es el turno de la comandanta Amada, encargada de dar el discurso de bienvenida: “A más de un año de nuestro primer encuentro nos podemos dar cuenta: en todo el mundo siguen desapareciendo y violentando mujeres; en este año no se ha parado el número de violentadas, desaparecidas y asesinadas”. 

Una cosa es lo que se dice, y otra muy diferente lo que sucede, es el mensaje de la comandanta. Nunca antes se habló tanto del avance del feminismo pero nos siguen asesinando. Según el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio (México), diez mujeres son asesinadas por día pero solo un 25% de esos casos son calificados con la figura de feminicidio. “Nosotras como zapatistas miramos que es muy grave, por eso invitamos a las mujeres con un solo tema, la violencia contra las mujeres”.

La propuesta está abierta. Hablaremos de la violencia que sufrimos y llevamos en nuestras cuerpas a lo largo de siglos de normalización de la dictadura del patriarcado. Pero lo que
parece que serán unas horas, se extiende durante la noche y prosigue al día siguiente.

Porque los testimonios son demasiado crudos y no hay forma de evitarlos. No importa el lugar donde hayamos nacido, ni si tuvimos acceso a una buena educación o a una buena
familia, todas sufrimos violencia por parte de los hombres. 

Esta es la oportunidad que necesitábamos para dejar de ocultarlo: abusos y violaciones por parte de desconocidos, pero también de conocidos, familiares o amigos. Mujeres tildadas de locas, que quedaron en la calle para alejarse de sus abusadores. Madres que perdieron a sus hijas en manos de sus novios o en redes de trata, que todavía buscan a sus desaparecidas. Mujeres trans, discriminadas y perseguidas. Somos la que habla con el micrófono en mano. 

“¡No estás sola!” gritamos. “¡Hermana, yo sí te creo!”. Y lloramos con la herida abierta pero con lágrimas que algún día terminarán por sanar y nos volverán más fuertes.

Todavía atravesada por el dolor, me dirijo a uno de los comedores de las compañeras zapatistas junto a mis nuevas amigas, un grupo de mujeres mexicanas y argentinas con las que compartimos la jornada. 

Las zapatistas participan en todas las instancias de organización, no solo en la comida que venden a precios económicos; se turnan en la limpieza de los baños, se ocupan de la seguridad y responden a lo que necesitemos. Otras documentan y filman, controlan el sonido y los aspectos técnicos. Varias viven ahí, otras vinieron de alguno de los once caracoles que hay en la región. Entre ellas suelen hablar en sus lenguas originarias, la mayoría en tzotzil, tzeltal o tojolabal, gran parte habla español.

Nos sonreímos, no necesitamos nada más, las miradas se comprenden si las palabras faltan. Esa misma noche habrá música, una conjunción de instrumentos y voces, para darle ritmo al canto feminista, artistas como Audry Funk o Mon Laferte se mezclarán con las desconocidas, pero apenas la escucharé de lejos, solo necesito dormir.

El amanecer nos encuentra con energía renovada. Las compañeras, en su ejemplo de autonomía, nos dieron una consigna y dejaron a nuestro criterio el resto. Somos libres de planificar las actividades. Durante las siguientes horas nos vamos a reunir en ronda para organizarnos en torno a nuestros intereses. Elijo un taller de yoga y otro de meditación en movimiento. Después del desayuno camino sobre el césped, voy de carpa en carpa, escucho algunas de las charlas. 

Mientras que en el templete continúan las denuncias, en un sector apartado, una mexicana habla sobre bordado tradicional, un grupo discute el abolicionismo de la prostitución, otro se vincula con el cannabis, y más allá un grupo practica técnicas de defensa personal. Hay reuniones por temas y por países, y aunque por momentos los debates se ponen calientes, prima la sororidad. Me quedo en la charla de argentinas, de viajeras, y de comunicadoras. 

Es imposible estar en todos lados, pero la única consigna es compartir y compartirse, también disfruto del contacto con este suelo chiapaneco tan abundante, ideal para sentarse a sentir el sol.

La noche nos encuentra en un baile alrededor del fuego, un abrazo colectivo y un deseo expresado a gritos, “el patriarcado se va a caer”.

El último día está dedicado a las expresiones artísticas. Por el escenario desfilan mujeres que se expresan a través del teatro, la música, el baile y la poesía. Yo entrevisto a mis pares, les pregunto por qué vinieron. Julia es de Berlín y pertenece a un grupo anarquista, y me dice que “una de las razones por las que está aquí es porque el sistema capitalista es un sistema global, no tiene sentido luchar de manera desconectada, tenemos que buscar la forma de tejer redes. Me llevo la idea de la fuerza de las mujeres, las experiencias fuertes que ellas contaron. En Alemania tenemos las mismas estadísticas, las mujeres mueren en manos de sus ex compañeros o maridos, sus tíos las asesinan y la gente no habla de eso. Es algo de lo que debemos hablar”. 

Behard es de Kurdistán pero vive en Noruega. “Supe sobre el zapatismo, y estoy interesada porque no pelean contra el Estado, están fuera de esa idea, yo no creo en la Nación Estado, me considero anarquista kurda, me interesa ver cómo se aplica en la vida real, acá lo puedo ver, sentir, ver cómo funciona.

El movimiento está sucediendo, no es teoría, es importante para todas nosotras vernos y sentirnos entre nosotras porque nos da esperanza, como nuevas sociedades, de construirlas.

Nosotras compartimos nuestras soluciones, no creo que podamos copiarlas porque somos diferentes de tierras, lenguajes, pero sí encontrar inspiración en cómo la gente vive más allá del Capitalismo. Somos diferentes y está bien, no queremos convertirnos en zapatistas, pero tenemos mucho en común y es bueno ver otras revoluciones”.

Pronto ingresarán los hombres al caracol, apenas el encuentro termine, pero la sensación de empoderamiento continuará. Nos han encargado una tarea, llevar la “pequeña luz que nos regalaron” como mujeres que luchan que somos. Gracias, hermanas y compañeras, la luz permanece viva en esta conciencia despierta.

 


“Proyecto fotográfico: La muerte sale por el Oriente”

de Sonia Madrigal, Ciudad Nezahualcóyotl, México (@sonicarol)

Imágenes realizadas en el Estado de México que forman parte del proyecto fotográfico “La muerte Sale por el Oriente”. Las mujeres de la Periferia existimos porque resistimos

Sonia Madrigal - photo 1
Sonia Madrigal (@sonicarol)
Sonia Madrigal - photo 2
Sonia Madrigal (@sonicarol)
Sonia Madrigal - photo 3
Sonia Madrigal (@sonicarol)
Sonia Madrigal - photo 4
Sonia Madrigal (@sonicarol)

 


< Las Triple Cripples: ¡hablemos de sexo, nena!

Anatomía de la historia de una sobreviviente >

 

Comparte