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© Adolfo Lujan | Flickr (CC BY-NC-ND 2.0) - modified

Anatomía de la historia de una sobreviviente

Maryum Saifee (@msaifee), Nueva York, EE.UU.  

Cuando se hace una búsqueda en Internet sobre «mutilación genital femenina» o «MGF», junto a la entrada de Wikipedia, aparece una imagen de cuatro dibujos lineales de la anatomía femenina, que ilustran cuatro tipos de violencia. El primero es de un corte parcial del clítoris. El segundo, de un corte más invasivo con el que se extirpa el clítoris completo. El tercero es progresivamente peor, con la extirpación del clítoris y de los labios mayores y menores. Y el cuarto recuadro ilustra una serie de rayas que simbolizan las suturas de la abertura vaginal que solo permiten el paso de la orina y de la sangre menstrual.

Como sobreviviente de MGF, la mayoría de las preguntas sobre mi historia se centran obsesivamente en lo físico. La primera pregunta que me hacen habitualmente es qué tipo de MGF sufrí. Una vez, cuando le dije a una periodista que fue la de Tipo 1, me dijo, «Ah, esa no es tan mala. No es como la de Tipo 3 que es mucho peor.» Técnicamente, ella estaba en lo correcto. Padecí la forma menos invasiva. Y por muchos años me automanipulé para tener una sensación de alivio, porque yo era una de las afortunadas. Me reconfortaba pensando que podía haber tenido menos suerte, y terminar con todos mis genitales arrancados, y no solamente la punta del clítoris. O peor: yo podría haber sido una de las que no sobreviven en absoluto. Como Nada Hassan Abdel-Maqsoud, una niña de doce años que se desangró hasta morir en la mesa quirúrgica de un médico a principios de este año, en el Alto Egipto. Nada, para mí, es un recordatorio de que, para cada ítem de estadística (200 millones de mujeres y niñas que viven con las consecuencias de la MGF a nivel global), existe una historia. Nada nunca podrá contar la suya.

A pesar de que la etiqueta «sobreviviente» me resulta a veces sofocante, también comprendo que la palabra lleva implícito cierto privilegio. Al sobrevivir, estás viva. Tienes la capacidad de contar tu historia, procesar el trauma, activar a otras personas de tu comunidad, y lograr obtener nuevas percepciones, un nuevo lenguaje y una nueva lente para ver a través de ti misma.

El acto de narrar puede ser catártico y liberador, pero también puede destrozar a la narradora.

Si los retiros de narración y sanación no tienen integrado el apoyo psicosocial de médicxs entrenadxs, las intervenciones bien intencionadas pueden producir aún más trauma. Esto es todavía más importante ahora, cuando las sobrevivientes de MGF deben lidiar con la doble pandemia de su propio trastorno por estrés postraumático de la infancia, y el confinamiento global indefinido del COVID-19. En muchos espacios de incidencia anti-MGF, he visto esta ansia insaciable por desenterrar historias, cualquiera sea el costo para la narradora. Las historias ayudan a activar financiamiento, y sirven como insumos estadísticos para medir el impacto.

Las historias de sobrevivientes, entonces, se convierten en mercancías que alimentan un complejo industrial narrativo. Las narradoras, si no cuentan con el apoyo de salud mental adecuado durante el proceso, pueden convertirse en daños colaterales. 

Mi motivación para escribir este artículo es dar vuelta el guion sobre cómo vemos a las sobrevivientes de MGF, priorizando a la narradora por sobre la historia en sí misma.

Las sobrevivientes de MGF son más que las cuatro ilustraciones que describen cómo las partes de nuestra anatomía fueron cortadas, punzadas, extraídas o arrancadas. En este ensayo, dividiré la anatomía de una sobreviviente de MGF en cuatro partes: historias que rompen, historias que reconstruyen, historias que sanan, e historias que revelan.

Tipo 1: Historias que rompen

Estaba sentada en el corazón de la zona de los Apalaches con un grupo de sobrevivientes de MGF, a muchas de las cuales conocía por primera vez. A medida que compartían sus traumas, me di cuenta de que todas pertenecíamos, de una u otra manera, al mismo club poco envidiable. Una sobreviviente blanca cristiana de Kentucky (a quien no creo que habría conocido nunca si no estuviéramos conectadas por la supervivencia a la MGF) narró los contornos de su historia.

Había tantos paralelos. Ambas fuimos cortadas a los siete años. A ella la sobornaron con torta, después de su corte. A mí me sobornaron con una barra de chocolate Toblerone gigante, cuando mi corte terminó. Absorber su trauma me abrumó.  Imagino que, cuando compartí mi historia, otras en el círculo pueden también haberse desmoronado en silencio. No teníamos unx médicx o unx profesional de la salud mental como facilitadorx, y esa ausencia se sentía. La primera noche, compartí una habitación con otras seis sobrevivientes, y me esforcé por acallar los sonidos de mis propias lágrimas. El último día llegué al punto de quiebre. Antes de salir hacia el aeropuerto, el estómago se me contrajo y vomité convulsivamente. Sentí que estaba purgando no solamente mi dolor, sino también el dolor de las otras que había absorbido esa semana. Todas habíamos presentado diligentemente nuestras historias, en fragmentos de 90 segundos amigables para las redes sociales, con narración y fotos. ¿Pero a qué costo?

Tipo 2: Historias que reconstruyen

El 6 de febrero de 2016, The Guardian publicó mi historia de sobreviviente. En el mismo instante en que fue difundida, me sentí reconstruida. Mi identidad se transformó, y pasé de ser una funcionaria del servicio diplomático de mediano rango relativamente invisible, a una sobreviviente de MGF bajo un microscopio público. Ese mismo día, Samantha Power, la entonces Embajadora de EEUU ante Naciones Unidas, tuiteó mi historia con la introducción «Yo tenía siete años» antes del enlace al artículo. El tuit simbolizó para mí un choque entre mi mundo personal y mi mundo profesional. Desde entonces, ambos mundos han estado permanentemente entrelazados.

Si bien pasé diez años de mi carrera como diplomática centrada en otros temas (viví en El Cairo durante los primeros días de la Primavera Árabe de 2011, y trabajaba en Bagdad y Erbil cuando la revolución siria pasó de ser una revuelta a una guerra civil), todas esas experiencias pasadas que me formaron, se borraron. Cuando hablaba en paneles, mi identidad era reducida a «sobreviviente». Como otras sobrevivientes, he trabajado arduamente para reescribir el guion de cómo me ven lxs demás. 

Cuando hablo, reinserto trozos de mis otras identidades, a fin de subrayar para el gran público que si bien sí, soy una sobreviviente de trauma infantil, y aunque mi historia de MGF puede haber reconstruido una parte de mi identidad, esto no me define.

Tipo 3: Historias que sanan

Con la guía de unx expertx en salud mental, he pasado los últimos meses en una profunda inmersión en mi historia de sobreviviente de MGF. He narrado y vuelto a narrar mi historia decenas de veces en eventos públicos. Mi objetivo es romper la cultura del silencio e inspirar a la acción. En este punto, la narración de mi historia casi se ha mecanizado, como si estuviera recitando un verso del Corán que memoricé cuando era niña. Empezaba siempre con: «Estaba sentada en una clase de antropología, cuando una compañera describió su proyecto de investigación sobre Mutilación Genital Femenina. Y ahí  experimenté un sobresalto de la memoria. Un recuerdo que había suprimido desde la infancia apareció en primer plano como una inundación.» De ahí pasé a enumerar lo que sucedió con detalle granular: el color del piso, los sentimientos de confusión y traición en los borrosos momentos posteriores. Y después sigo hablando sobre la tarde en que confronté a mi madre sobre el verano en que ella y mi padre nos mandaron a India a quedarnos con mi tía. El verano en que sucedió. Más tarde supe que mi tía me cortó sin el consentimiento de mis padres. En mis años de contar y volver a contar esta historia, hubo momentos en que no sentía nada, momentos en que me quebraba, y momentos de alivio. Era un paquete mixto, con emociones a menudo contradictorias que aparecían todas a la vez.

Cuando comencé a desarmar la historia, descubrí el momento central que me hacía sentir más destripada. No era el corte en sí mismo. Era el después. Recuerdo estar sentada sola en un rincón, sintiéndome confundida y avergonzada. Cuando miré a mi tía que estaba en el otro lado de la habitación, ella le estaba susurrando algo a mi prima y ambas me señalaban y se reían de mí. D

esenterrar el momento de la vergüenza (la risa) me ha perseguido desde la infancia. El pedazo que me habían arrancado se llama «haram ki boti», que se traduce como «carne pecadora». Con el tiempo, la cicatriz física sanó. Sin embargo, para muchas sobrevivientes de MGF, las heridas psicológicas persisten.

Tipo 4: Historias que revelan

El año pasado, decidí tomarme un sabático del servicio diplomático. Estaba agotada, en todo sentido: acababa de completar una asignación realmente difícil en Pakistán, y también estaba haciendo activismo anti-MGF a nivel personal. Cuando llegué a casa, una conocida de la universidad se me acercó para captar mi historia en una película. Como parte del proceso, ella enviaría un equipo de cámaras que me seguiría, a veces, mientras hablaba en público, otras, filmando interacciones cotidianas con amigxs y familia. Nunca olvidaré el momento en que, en una visita a mi casa en Texas, mi mamá me contó la historia de su supervivencia. Como parte de la película, hicimos un viaje en auto a Austin, a visitar la universidad donde había tenido  aquel sobresalto de memoria. Mi mamá espera pacientemente que el camarógrafo arme su trípode. Mi padre está parado junto a ella.

Finalmente, se dio la conversación que yo nunca había tenido la valentía de tener, cara a cara, ni con mi madre ni con mi padre. Mirando a los ojos de ambxs, volviendo a narrar mi historia con una cámara como testigo, hablamos sobre cómo la MGF había destrozado nuestra familia (específicamente, la relación de mi papá con su hermana). Por primera vez, oí a mi mamá hablar sobre su propia experiencia y sobre la sensación de traición cuando descubrió que mi tía me había cortado sin su consentimiento.  Mas tarde, cuando le dije que la MGF era en realidad originaria de los EEUU y Europa, y que había sido una cura para la histeria (prescripta por médicos) hasta el siglo XIX, mi madre exclamó: «Eso me resulta loco, que fuera una cura para la histeria. Voy a educar a otrxs médicxs para que hablen sobre esto.» Y en ese momento mi madre, una sobreviviente que nunca antes había compartido su historia, se convirtió en activista.

Mi historia, entrelazada con su historia, reveló un sólido tejido de resistencia. Con nuestras voces logramos romper el círculo de violencia estructural intergeneracional. Pudimos reescribir las historias de las futuras generaciones de niñas de nuestra familia y, ojalá, algún día, de las niñas de todo el mundo.

 


 «Dreams» [Sueños]

Neesa Sunar (@neesasunar), Queens, Estados Unidos

Esta es una mujer que se libera de su realidad mundana, desprovista de color. Sus sueños tienen un color y un «sin sentido» que la gente de su vida no podría comprender. Podría ser considerada una persona fuera de su sano juicio, aun así, sus sueños son más vívidos e imaginativos que la vida real. Esta es la forma como a menudo se me presenta la esquizofrenia, más atractiva y emocionante que la vida real.

Dreams, by Neesa
Neesa Sunar (@neesasunar)

 


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